A propósito de los recientes galardones obtenidos por Sirat en diversos certámenes de renombre —los premios europeos de la Academia, los Gaudí o los Goya—, vuelve a aparecer en numerosos medios un término tan extendido como problemático: “premios técnicos”. Resulta llamativo que al director de fotografía se le siga calificando como técnico, mientras que otras figuras igualmente atravesadas por lo técnico y lo creativo se consideran, sin discusión, artistas. ¿Dónde se traza exactamente esa frontera?
Si acudimos a la etimología, la distinción se vuelve aún más difusa. Technē —raíz de “técnica”— significa arte, oficio o habilidad. Ars —origen de “artista”— remite, en esencia, a lo mismo: destreza, dominio de un hacer. La diferencia, por tanto, no está en las palabras, sino en el prejuicio contemporáneo que las separa: el artista crea; el técnico ejecuta.
Ese prejuicio revela, en realidad, un profundo desconocimiento del trabajo cinematográfico. La función del director de fotografía no es fija ni fácilmente delimitable y varía sustancialmente según el director y la película. Incluso en los casos más extremos —aquellos en los que un director posee un dominio extraordinario del oficio como ocurre con los grandes maestros — y puede transmitir con gran precisión cómo quiere filmar una escena, seguimos lejos de una labor puramente ejecutiva.
Aun en ese hipotético extremo —que dista mucho de la práctica habitual— quedaría, al menos, la luz. Y la luz no es plenamente transmisible ni conceptualizable: es algo que se busca, se prueba y, en el mejor de los casos, se encuentra. Como se encuentra, en el fondo, la propia película: su gramática, su forma y estilo, a medida que se escribe, se rueda y se monta.
Si el director de fotografía fuera solo un técnico, daría igual uno que otro. Y no da lo mismo. Basta observar cómo ciertos nombres son recurrentemente buscados por directores y productores, cómo su presencia modifica el resultado, cómo su mirada define películas enteras. Y, es por ello, que debería reconocerse de una vez por todas la cuestión de los derechos de autor, como tienen el director, el guionista o el compositor.
Llamar “técnicos” a quienes participan de ese proceso creativo no es una simple cuestión semántica: es una forma de minimizar su aportación. Y, en el fondo, de no entender el cine ni cómo se hace.
Mauro Herce AEC